Martin Bermudez Opiniones y Dudas

viernes, junio 12, 2009

Mala tinta: La paranoia en el aire.

Hasta hace poco tiempo, la gente no preguntaba la marca del avión en el que iba a volar. Hasta hace poco tiempo… Queda claro que la lamentable tragedia del Air France 447 cambió las cosas. Es muy difícil explicar más de cien años de historia de la aviación en un solo artículo, pero indispensable que quien entre en este complicado tópico tenga una sólida formación aeronáutica. Hoy volar no es una aventura, es una aburrida rutina, llena de esperas, controles, retrasos y stress. Y si algo faltaba para que se regodearan todos los sensacionalistas consumados del orbe, el hasta ahora inexplicable accidente trajo sangre nueva (literalmente) a las prensas, micrófonos y cámaras. Pero no se puede soslayar un elemento perverso en este juego: son muchos los intereses que se verán afectados por el suceso, sin que haga falta agregarles “prensa”. Airbus es una fábrica “con todas las de la ley”, y en este caso, no se trata de una frase hecha. Nadie fabrica aviones, ni siquiera en los países más irresponsables, sin cumplir con una serie de requisitos de control, homologaciones e inspecciones, que en el caso de otras industrias, hubieran impedido su desarrollo. Por supuesto, el lector no habrá visto nunca una propaganda que hable de “seguridad”, entre las virtudes de una línea aérea. La misma se da por sentada. Existe una feroz competencia entre los principales fabricantes, Boeing y Airbus, pero la misma se da en el terreno de los desarrollos conceptuales que pueden abaratar costos operativos, los planes financieros para su adquisición, los sistemas de leasing o el alquiler, liso y llano. Además, a través de las agencias de control nacionales y regionales, sumados a los organismos internacionales, como la O.A.C.I (Organización de aviación civil internacional), llegan a emprenderse trabajos conjuntos entre los competidores. Se juega en buena ley en casi todos los casos; nadie come vidrio. Surgen ahora una cantidad de teorías conspirativas dignas de la pluma de un escritor afecto a los alcoholes duros. Pero los que trabajamos “en y con el aire” no nos apresuramos. Llevará un buen tiempo averiguar las verdaderas causas del accidente y, hasta ese momento, quienes respetamos nuestra profesión hablaremos con mucha prudencia, no haremos juicios de valor y mucho menos cometeremos la estupidez de echarle la culpa a una marca específica de aviones, ni a un modelo en particular. He volado y sigo haciéndolo en aviones de ambos fabricantes; todos me gustan y me resultan confiables. A veces nos enamoramos de un avión, porque simplemente nos gusta, o es más rápido o más cómodo para trabajar; nunca nos planteamos “es más seguro”, todos lo son. Sucede que, al haber una gran cantidad de aviones operando, lógicamente, aumenta el número de incidentes en algún modelo que se ha vendido mucho; pero es eso, se trata de masa crítica. De las irresponsables canalladas que se escriben, no quedará nada en limpio, más que el miedo que puedan generar en los pobres usuarios, que no tienen porqué saber otra cosa que sacar un pasaje y viajar. Si hubo una falla corregible, se corregirá. Si el error fue humano (aunque nunca hay un solo factor causal) aprenderemos para no repetirlo. Hace unas noches, un amigo me decía, con su cerebro disparado por un scotch de doce años, que los presuntos dos viajeros con contactos con Al Kaeda podían ser un invento, que permitiría borrar la sombra que se cierne sobre miles de trabajadores, economías regionales y miles de millones de Euros en facturación futura. Como esta, existen tantas hipótesis posibles y poco probables, que colapsan los buscadores de Internet. Nunca falta algún iluminado que, con tres datos, sueltos y mal leídos, arma una patraña de más vuelo fantasioso que una novela de Verne. Un Comandante, jubilado luego de treinta y seis años de servicio, me decía una vez: “no existen aviones malos”. Frente a la evidencia de la excelencia de los pilotos franceses, al grado de eficiencia de la industria aeroespacial , a la confiabilidad de los organismos internacionales (y su absoluta seriedad) y la experiencia de este autor, queda claro que lo que sí existe son: los comunicadores irresponsables. Vuele tranquilo…veinticinco años y diecisiete mil horas de vuelo no pueden haberme confundido tanto.


 
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