Martin Bermudez Opiniones y Dudas

viernes, septiembre 21, 2007

Sobre las formas de mirar la riqueza.

Es lógico justificar que se asocie a la riqueza con el lujo. Sin la primera, no se consigue el segundo. Este razonamiento lleva a pensar que un país donde hay lujos, es rico. Así transitamos el asombro frente a grandes emprendimientos inmobiliarios, patentamiento de automóviles de alta gama y aperturas de restaurantes y boutiques de grandes marcas. Claro que estos parámetros son de una difícil comprobación empírica, habida cuenta de la gran cantidad de países que, reuniendo los “detalles” nombrados en el párrafo anterior, adolecen de una pobreza estructural, que pone a casi toda su población en condiciones de exclusión inaceptables en cuanto a dignidad humana se refiere. Entonces, lógicamente, no será allí donde encontremos la real riqueza. Otro caso, engañoso por cierto, podrían ser los países que tienen riquezas minerales, como metales, piedras preciosas o petróleo. Pero África es un vivo testimonio de que es más fácil encontrar guerras fratricidas y campos minados que una adecuada distribución de los recursos, en vistas a la mejora de las condiciones sociales. Biodiversidad, climas benignos, capacidad de producción alimentaria podrían cerrar este corolario de riqueza “no realizada”, pero los ejemplos son demasiado cercanos como para soslayarlos. La sola tenencia de los territorios y todas sus ventajas naturales, significan, en términos de riqueza, sencillamente: nada. ¿Qué es entonces la riqueza cuando hablamos, ya no de individuos sino, de naciones? Riqueza es salud para todos, educación como fórmula de crecimiento, niños y ancianos cuidados justamente, por su futuro y su legado respectivamente. Riqueza es trabajo, estabilidad social, desarrollo sostenido y proyección futura. También es riqueza evitar hipotecar el futuro depredando los recursos del ambiente. Por supuesto que la articulación de las políticas necesarias para cumplir con todos estos requisitos debe generarse a partir de los valores del hombre. No las religiones, mucho menos los fundamentalismos; no las ideas políticas, menos aún siquiera las partidarias y, menos que menos, los fanatismos. Los valores. El nuevo paradigma a alcanzar sería, entonces, la igualdad. Igualdad de oportunidades. A poco de cumplirse el bicentenario, podemos asegurar que somos más iguales que hace doscientos años, cuando algunos idealistas pensaron el camino que hoy transitamos. Pero eso solamente nos indica que estamos “un poco” más avanzados; solo eso. Hay menos pobreza y exclusión, pero ¿hay más futuro? Por supuesto que sí. Nadie tiene todas las respuestas y, por eso, los sistemas de gobierno necesitan alternancia, representatividad, equidad y seguridad jurídica. En la medida que la sociedad comienza a privilegiar los valores, los exige también en sus gobernantes. No es necesaria una maestría en ciencias políticas para entender la realidad pedestre de alguien que necesita ver a sus hijos crecer sanos y con dignidad. Cuando un país es verdaderamente rico, los vaivenes bursátiles son solo noticias que, a lo sumo, restringen un poco la liquidez financiera. Riqueza son mis hijos sanos, amados y con futuro, yendo al colegio a dar su lección sobre Sarmiento y pensando ¿Quién será el Sarmiento del siglo veintiuno?


 
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