Martin Bermudez Opiniones y Dudas

miércoles, mayo 19, 2010

La sobremesa de los ciudadanos.

No se trata de ser héroes, ni mártires, ni mucho menos próceres: solo ciudadanos. Bajar de la crítica a la propuesta es el comienzo de un camino duro, pero no existe otra forma honrada de mejorar las cosas. Y son las fórmulas sencillas las más adecuadas, como decía mi padre, toda vez que tenía yo la suerte de escucharle en nuestras charlas de sobremesa, una costumbre poco cultivada actualmente, probablemente por la urgencia que nos compele nuestra agenda. Trato cada día de repetir esa costumbre con mis hijos, escucharlos, entenderlos y, así, entender el mundo como ellos lo ven. Una simple sobremesa. Es que no tenemos tiempo para la empatía ni para la escucha activa y cualquier pensamiento diferente resulta en una amenaza a la seguridad de nuestra sordera, la comodidad de nuestra ignorancia. Tengo el orgullo de decir que he fracasado muchas veces, condición sine qua non para haber obtenido algún triunfo. He logrado respeto y cosechado adversarios, a veces en la misma gesta, pero pocos enemigos, porque me impuse, por sobre todas las cosas, cultivar el respeto hacia los demás. Confieso que el agotamiento ha acechado mi salud física y emocional y he llorado cuando los proyectos quedaban truncos; pero nada se compara a la alegría de mis pequeños triunfos. Alguna vez he comentado en un artículo (“Sobre mi padre y el General”, en mi blog) que mi viejo, querido y respetado a ultranza, tenía un daguerrotipo de San Martín colgado sobre su biblioteca, junto a volúmenes de Ingenieros, Alberdi, Sarmiento; pero no por eso pretendía una estatua ecuestre, y salía a trabajar con alegría, viendo que nosotros, mis hermanos y yo, crecíamos bastante cerca de los ideales que él nos inculcaba…bastante cerca. Eso son los ideales: modelos de valores. Pero ¿qué es la trascendencia? Seguramente no una tapa de diario, ni un homenaje en vida, ni un cinturón de campeón, ni un juguete con motor de tres litros y una estrella en el capot y, mucho menos, una banda de adulones obsecuentes que nos dicen que somos dios. La trascendencia de nuestros actos podría medirse en las bondades de nuestra descendencia. No solo nuestros hijos, sino también nuestros discípulos, compañeros, congéneres y amigos que, inspirados en alguna de nuestras actitudes nobles, reciben un mensaje inspirador para continuar viviendo en y con valores. ¿Alguna vez nos proponemos cuidar nuestro lenguaje y las ideas que expresamos frente a los demás? No hablo de decoro, seguro que no; tampoco de evitar alguna puteada oportuna. Hablo de mostrar ese camino de las propuestas, ese desafío de la inteligencia que, para sobreponerse a un mal momento, busca salidas constructivas. Buscamos líderes iluminados y olvidamos el fuego interno. Soslayamos los ejemplos y esperamos resultados de generación espontánea. Educar en libertad es mostrar vocación por el trabajo y el estudio; explicar que no hay fórmulas mágicas, que la solidaridad es el camino del sentimiento fraterno, que el premio por la honradez es solo nuestro, que no se debe esperar de los demás. Yo, por lo pronto, agradezco al Gran Arquitecto cada momento junto a mis hijos, compartiendo el pan, la vida y las ideas, inculcando los valores que recibí en otras mesas, hace mucho tiempo. Tengo una muy pequeña fábrica de ciudadanos que se llama sobremesa.


 
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